¡Odio las sorpresas!

Dicen que las mejores cosas pasan por casualidad, que no son planificadas y que la sorpresa es lo que más emociona de esas circunstancias. De por sí soy una persona bastante metódica, escéptica y planifico todo lo que tiene que ver conmigo y mi diario vivir. En realidad no me gustan las sorpresas porque significa que no estoy preparada para reaccionar ante ellas.

Quizá lo que interprete como malo de las sorpresas es la emoción que causan y como ya lo has leído en este blog, precisamente eso es lo que lo alimenta constantemente. No está mal emocionarse por las cosas que pasan en la vida, está mal que luego de cada una de esas emociones, las idealice y al final todo se voltee y termine yo fingiendo estar sorprendida de que la cagué una vez más.

Todo eso que pasa sin querer, ¿por qué pasa?, ¿cuál es el propósito de la vida al hacernos planificar algo y voltearlo completamente?, ¿qué otra cosa más me quiere enseñar la vida? ¿no son suficientes casi 70 artículos llenos de emociones?, ¿QUÉ MÁS QUIERES DE MÍ?. Ok ya fue suficiente. Me exasperé…

Porque en tan poco tiempo me he llevado tantas sorpresas sin querer y tengo demasiadas preguntas. Porque no me permito dar más pasos en falso y volver a morder otra Manzana Envenenada . Porque no quiero arruinarlo con mi propia incertidumbre y he dejado que todo fluya, pero a su vez yo no he fluído demasiado. ¿O quizá sí? Ya ni sé qué estoy diciendo.

En estos tiempos es tan difícil concebir la idea de salir bien parado de ciertas situaciones, y creo que la actitud que deberíamos tener todos es la de decir “¡Qué chucha!, si no es pa’ mí, no es pa’ mí”, pero ¡VAMOS! lo primero que tenemos es culillo de que nos rompan el corazón, de que nos traten como mierda, de que nos engañen de nuevo, de que no nos quieran de verdad.

Sinceramente no sé cómo concluir este artículo, sólo sé que dentro de mí existe un carrusel de emociones… no, una montaña rusa de emociones; que me hacen replantearme muchas ideas en mi cabeza. La idea que tenía del amor, de la comprensión y la amistad que puede perdurar por muchos años. De esos encuentros que, aunque hayan sido recientes, sin querer nos llenan de emociones.

De esas palabras que, quizá se las lleve el viento, pero que las acciones las refuerzan de una manera tan espectacular que te hacen repetirlas en tu cabeza una y otra vez, y por supuesto, creerlas. Porque siempre vamos a querer creer en esas emociones, que nos sorprenden siempre… sin querer.

 

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