“Todo está bien…”: empieza el relato de mi más reciente lucha.

Hace unas semanas ponerle punto final a un capítulo que llegó repentinamente a escribirse en mi vida y que quizás haya sido uno de los más difíciles de afrontar. Algo que me hizo daño físicamente pero que me ayudó tanto a equilibrar mi ser: fue doloroso al principio porque no sabía qué estaba pasando conmigo, no sabía qué era lo que estaba mal en lo que había hecho hasta que se desencadenó todo… pero aprendí muchísimo.

Tuve dos menstruaciones en el mes de mayo, la primera durante mi estancia en Brasil, tuve cólicos algo fuertes y un leve sangrado hasta que llegué a Panamá. Paró y pensé que seguiría mi vida normal hasta que en menos de una semana volviera a menstruar, esta vez un poco más abundante, pero eso siempre fue normal para mí.

Todo marchó bien e incluso ya casi no estaba teniendo flujo, hasta que nuevamente sangré, lo que a veces es normal porque todavía quedan restos de sangre desoxigenada que deben salir… El único problema es que esta sangre era muy roja y las descargas volvían a ser muy abundantes, como si se tratara de los primeros días del periodo.

Me comencé a sentir débil y la médico me recetó pastillas coagulantes y pedialyte para la debilidad por la pérdida de sangre. Fui en carro a trabajar porque no me sentía muy bien pero no pensé que fuera para tanto porque en mis periodos suelo ponerme perezosa y tampoco tenía mucha paciencia para andar en Metro. Intenté seguir con mi vida normal hasta que yo misma volví a la clínica, y después de leer mucho el doctor confirmó mi paranoia: Sangrado vaginal anormal; me refirió a un ginecólogo y me mandó progesterona para contrarrestar ya que podría tratarse de un trastorno hormonal.

Sentía que era demasiado como para ser verdad.

Aquí fue cuando comencé a faltar a mi trabajo y sentir debilidad cada vez más. Me faltaba el aire, manchaba mucho mi ropa interior, seguía rebosando mis toallas y las cambiaba por lo menos dos veces por hora. Ya no parecía exagerado comprar un paquete de 30 toallas nocturnas extra-largas y ver cómo se vaciaba cada vez más y más. Sólo quería dormir y mi propio sueño se interrumpía entre cambios de toallas y miedo por no poder despertar debido a un desmayo o peor aún, un shock hipovolémico…

Hasta que un buen día dejé varias ‘huellas’ rojas en mi camino hacia el baño y ahí fue que mis padres se dieron cuenta: labios pálidos, mucha fatiga, ojos tristes y llorosos, quizás de miedo, rabia, impotencia o confusión. Las hipótesis del primer ginecólogo fueron preocupantes, las cuales con varias pruebas dieron pie a muchas más preguntas y al desespero de toda esta situación que apenas estaba empezando. Sentí temor por no poder afrontar todo esto sola porque apenas estaba recuperándome de mi viaje a Brasil, pero mis padres y mi hermano se ofrecieron a ayudarme de manera incondicional.

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¿Y mis labios, qué?

Seguí en reposo absoluto hasta que me tocó volver a trabajar, no me sentía bien pero estaba incluso emocionada por salir de mi casa y hacer algo diferente. La voluntad no fue suficiente ya que tuve taquicardia y casi me desmayo, así que me sacaron en ambulancia de mi trabajo y, luego de canalizarme, me fui a casa a descansar. Al día siguiente la tranquilidad no duró mucho porque, mientras cocinaba con mi cuñada, se me nubló la vista y me desmayé. Lo único que recuerdo fue el dolor en mis rodillas, quizás porque caí con todo mi peso sobre ellas mientras Laura intentaba que no me golpeara la cabeza contra la pared o el suelo…

Canalizada luego de alarmar a todos en mi trabajo, sin querer.

 

Nota: esta historia se tornó algo larga así que la dividí en dos partes, para hacer menos pesada su lectura… pronto estaré subiendo el resto. Mientras, sigue disfrutando de mis otros posts. ¡Gracias!

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