Abriendo las alas…

En estos dos últimos años he cambiado muchísimo, ha cambiado mi mente y mi cuerpo. Todo ha dado un giro de 180 grados y he seguido adaptándome, conociéndome y deconstruyéndome hasta el día de hoy. Parece mentira que han pasado ya dos años desde que decidí, entre tanta incertidumbre que se avecinaba, a estudiar una maestría, a cambiar mis hábitos alimenticios, a mejorar mi salud física y a quererme más. Todo esto me hizo sentir que en lugar de dos años, pasaron como cinco de un tirón y siento como si hubiese sido ayer cuando fui a esa primera clase de la maestría o a mi primera cita con la nutricionista.

Ahora tengo el tiempo suficiente para enumerar cada cosa que me ha pasado en estos dos años, contemplar, meditar y recapitular todo ese cúmulo de emociones y pensamientos que no me he guardado, pero que por falta de tiempo no pude introducir en este blog que ya tiene poco más de cinco años existiendo.

Empecemos desde el principio: hace poco más de dos años tomé una decisión, que quizás no era sostenible en ese momento, no por el factor económico sino porque lo vi como una oportunidad mas no como algo indispensable. En noviembre de 2019 inició la idea loca (en ese momento), de estudiar docencia. ¿Mi motivo principal? Puedo hacerlo ahora que no tengo hijos ni mayores responsabilidades. Puedo costearme la carrera con mi sueldo paupérrimo y además, en algún momento de mi vida, cuando me canse de trabajar en comunicación, puedo enseñar todo lo que sé y continuar con el legado de las mujeres docentes de mi familia.

Motivos que no hacían tanta mella en mí, simplemente lo vi como algo que podría hacer ahora que estaba «soltera». Y lo pongo entre comillas porque tuve una «relación» de unos pocos meses que resultó siendo una distracción, una pequeña piedra en el zapato que me decía que «no era necesario que yo estudiara tanto». Al poco tiempo terminó y ¡qué bueno! porque estaba comenzando a cambiar mis motivos y mi perspectiva de lo que estaba haciendo en ese momento. A pesar de todo la meta no cambió, la meta estaba cambiándome a mí.

La meta de ser algún día docente no hizo que esa «relación» terminara, pero me empoderó para seguir adelante en lugar de pensar que a él «no le dedicaba el tiempo suficiente». Fueron complicados esos meses: Pandemia, Home Office, mi otro trabajo de diseño, la pérdida de peso, mi casa y mantener un buen promedio en la U, me distrajeron completamente y en menos de un mes ya había dejado de llorar por él. Me dolió por lo que pudo ser pero a la vez me alegré mucho porque con su mentalidad, él estaba cortándome las alas, sin ni siquiera saber cuán alto podría volar.

Y no lo supe todavía, simplemente estaba cumpliendo con mis deberes incansablemente. Me volví tan ocupada que perdí la noción del tiempo y quizás es por eso que estos dos años se me han pasado volando, entre tantas personas que sintieron eternos los meses de cuarentena total. ¿Que si fue una bendición haber estado ocupada todos esos meses? Posiblemente. ¿Que si hubiese preferido no hacer nada durante esos meses? Conociéndome, muy probablemente hubiese buscado algo qué hacer: no creo que me fuera a deprimir y quedar todo el día en la cama. Quizás hubiese aprendido por fin After Effects y mejorado mucho en diseño.

No lo sé… Solo sé que siento que aún no es el tiempo de emprender ese vuelo, solo estoy abriendo mis alas luego de estos dos años preparando mi mente y sobre todo, preparar mi corazón para lo que se avecina.

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